Cuando uno comienza el camino de Santiago, necesita toda la ayuda posible; es un camino largo: más de 800 Km y muchos días. Y la tecnología viene en nuestra ayuda. Hoy existen bastones plegables de aluminio a carbono, que hacen que se reduzca el esfuerzo en más de un 15%. Es evidente que deben ser útiles, pues son muy pocos los peregrinos que prescinden de ellos.

Pero como todo en la vida, los bastones tienen su técnica, y hay que aprender a usarlos; y eso poco a poco te lo da el camino. Si uno es observador, puede ir viendo las diferentes formas de llevarlos, de apoyarse… y coger aquella que mejor le ayuda a uno a hacer el camino. Se puede ir con uno o con dos, pero con dos el esfuerzo es menor y el ejercicio más completo.

Pero los bastones no solamente sirven para ayudar al esfuerzo, el bastón también es un apoyo para el descanso momentáneo del camino, después de una cuesta empinada, para apartar aquello que nos impide caminar, para ayudar a otro en los espacios complicados en los pasos difíciles, para señalar algo en el camino, para llevar un peso entre dos…

En nuestro caminar como diáconos, también necesitamos bastones, apoyaturas para nuestro caminar. Sin ellos nuestro esfuerzo será excesivo y seguramente el cansancio acabará por hacernos fracasar.

Los diáconos permanentes casados tenemos, a mi entender, dos bastones, Jesús y nuestra esposa; son los que siempre están a nuestro lado y nos ayudan en nuestra diaconía. ¿Qué sería de nosotros si no pudiéramos apoyarnos en ellos?.

Es Jesús quien nos sustenta, quien nos anima, quien nos orienta. Es él quien en los momentos difíciles nos fortalece con su palabra, con sus presencias, es él el que hace que nuestra carga sea ligera y la podamos aguantar sin desfallecer.

Él va en una de nuestras manos; en la otra va la esposa, nuestra mujer. Y es curioso, si sustituyo en el párrafo anterior “Jesús” por su nombre solo tengo que copiar y pegar.

En el camino a veces caminamos solamente con un bastón, a ratos con los dos y hay momentos que los plegamos y los colocamos en la mochila. Pero sin ellos no habríamos llegado a la meta, la etapa del día habría sido difícil, más complicada.

Para un diácono casado es imprescindible la concurrencia de Jesús y de la esposa; Jesús señalándonos el camino, la esposa animándonos a caminar. Son nuestras piernas las que caminan, ciertamente, pero los bastones hacen que el caminar sea más ligero, más seguro, menos cansado.

Hay caminantes que no tienen bastones, pero si los prueban seguramente no los dejarán jamás, pues son los que acompasan el paso, regulan las fuerzas, y sirven para sobrepasar mejor las complicaciones del camino.

Pero todo tiene su técnica; si los usamos mal, no ayudan, más bien entorpecen el camino. ¿Cómo nos dejamos acompañar por Jesús? ¿Cómo nos dejamos acompañar por la esposa? ¿Somos conscientes de la necesidad del apoyo? ¿Lo queremos o somos de los que caminamos solamente con nuestras propias fuerzas?...

Los bastones me sugieren muchas preguntas, durante el camino me cuestionan, “¿ahora, Juan, en quién te apoyas? Al lado, unas veces adelante, otras al lado y otras detrás, en silencio o en dialogo, camina mi mujer con sus propios bastones.

Pero hay que empezar con actitud humilde, estar dispuesto a aprender del camino. Si uno se cree superior, si cree que no tiene nada que aprender, si no mira, si no escucha… No aprenderá el uso de los bastones. Cada peregrino tiene su historia, tiene su técnica, tiene algo que enseñar.

Nuestro camino es el servicio, hay que escuchar, hay que mirar, hay que aprender; cada camino es distinto, cada camino tiene sus peregrinos, que nos pueden enseñar y a los que podemos servir.